Ordenado no es perfecto: el perfeccionismo que paraliza
Si no se puede hacer bien, mejor no empezar. Cuando la vara es una casa impecable, cualquier día normal parece un fracaso. Por qué pasa y por qué no hace falta tanto.

Es sábado y hay una hora libre. Alcanzaría para la cocina, pero no para la cocina como debería quedar: la mesada vacía, los frascos alineados, el horno limpio por dentro. Entonces no se empieza. Se deja para cuando haya una tarde entera, y la tarde entera no llega.
Esta forma de trabarse es muy común y tiene poco que ver con la pereza. Tiene que ver con la vara.
Lo que cuenta la gente
En los comentarios que leímos, el perfeccionismo casi nunca aparece con ese nombre. Aparece así:
- Querer hacer todo de golpe, a fondo y ya, y quemarse a las pocas semanas. Varias personas cuentan que recién les empezó a ir mejor cuando bajaron el ritmo.
- Sentir que la casa manda, y pelear para no vivir al servicio de la propia casa.
- Recordarse, con humor, que por tener la casa impecable nadie te va a dar una medalla.
- Encontrar más agotador seguir todos los pasos de las rutinas perfectas que convivir con un poco de desorden.
- Perder las ganas a mitad de camino porque, total, nadie lo va a ver.
- Y atrasarse unos días, por una enfermedad, por cansancio o por los chicos, y sentir que ponerse al día ya es imposible, así que mejor ni intentarlo.
Por qué pasa
Todo o nada
Cuando el estándar es la perfección, la casa tiene solo dos estados: impecable o mal. Todo lo que queda en el medio, que es donde vive casi todo el mundo casi todos los días, cuenta como fracaso. Con esa cuenta, una hora no sirve, diez minutos menos, y lo único que tiene sentido es el día perfecto, que nunca está libre.
En 2010, Lally y su equipo siguieron a 96 personas que intentaban sumar una conducta nueva a su día. Un detalle de ese estudio dice mucho sobre el todo o nada: faltar una vez no cambiaba de forma importante el proceso de formar el hábito. Lo que contaba era seguir repitiendo, no la racha perfecta. Dicho de otro modo: un día flojo no borra lo que venías haciendo. Lo que sí lo borra es abandonar porque el día salió flojo.
Con esa vara, nada queda terminado
Hay otra trampa, más silenciosa. Con una vara perfecta, la casa siempre está a medio hacer. Limpiaste la cocina, pero quedó el vidrio del horno. Ordenaste el placard, pero el cajón de las medias sigue igual. Lavaste toda la ropa, pero falta plancharla. Siempre queda un vidrio, un cajón, una pila, porque el perfeccionismo siempre encuentra un nivel más.
Lo que se pierde en el camino es la sensación de haber terminado algo. Y esa sensación no es un detalle. Si cada tarde de orden termina con la lista de lo que faltó, la tarea queda pegada a la idea de quedarse corta. No es raro que, después de un tiempo, cueste cada vez más arrancar. Y cuanto más cuesta arrancar, más lejos queda la casa de la foto, que es justo lo contrario de lo que se buscaba.
Mucha gente lo cuenta con una imagen parecida: sentir que la casa manda y que una vive a su servicio. No es una exageración. Cuando nada alcanza, la casa se vuelve un examen que no se aprueba nunca, y es lógico querer esquivar un examen así.
Retarse no ayuda a volver
Wohl, Pychyl y Bennett estudiaron en 2010 a estudiantes que habían postergado el estudio antes de un primer examen. Quienes se perdonaron esa postergación postergaron menos antes del siguiente. Es un estudio con estudiantes y no con casas, pero la idea se traslada bien: la dureza con una misma no empuja a hacer más. Muchas veces empuja a evitar, porque volver a mirar la tarea es volver a mirar el reproche.
No es culpa tuya
Exigirse mucho suele venir de un buen lugar: querer cuidar la casa, a los tuyos y lo que costó conseguir. Mucha gente aprendió de chica que una casa decente se juzga por cómo se ve, y que quien no la tiene impecable es descuidado. Esa mirada todavía circula, y es injusta.
Una casa ordenada no es la de las fotos. Es una en la que encontrás las llaves, podés cocinar sin despejar primero la mesada y no te da vergüenza abrir la puerta. Ese nivel no necesita el día perfecto. Necesita, como mucho, días normales.
Un consejo chico para esta semana
Elegí una sola tarea de la casa y hacela, a propósito, bien pero no perfecta. Doblá la ropa sin que las pilas queden derechas, o lavá los platos y dejá que se sequen solos en el escurridor.
Después fijate qué pasó. Lo más probable es que nadie note la diferencia, y que vos notes otra cosa: que la tarea se terminó. Ese «listo» también cuenta, aunque haya quedado una miga.
Fuentes
- Lally, P., van Jaarsveld, C. H. M., Potts, H. W. W. y Wardle, J. (2010). «How are habits formed: Modelling habit formation in the real world». European Journal of Social Psychology, 40(6), 998-1009. https://doi.org/10.1002/ejsp.674
- Wohl, M. J. A., Pychyl, T. A. y Bennett, S. H. (2010). «I forgive myself, now I can study: How self-forgiveness for procrastinating can reduce future procrastination». Personality and Individual Differences, 48(7), 803-808. https://doi.org/10.1016/j.paid.2010.01.029
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Etiquetas:perfeccionismohábitosvolverculpa
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