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Hábitos y volver5 min de lectura

Vergüenza por la casa: de dónde viene y por qué no ayuda

Pedir perdón por el desorden apenas alguien entra, sentir que la casa dice algo malo de quien vive en ella. De dónde viene esa vergüenza y por qué no ayuda a ordenar.

Recibidor con una mesa prolija y flores; al fondo, desenfocado, un cesto de ropa y una silla con prendas.

Suena el timbre. En los segundos que tardás en llegar a la puerta, la mirada recorre la casa como un escáner: la silla con ropa, la mesa con papeles, las tazas del desayuno. Y antes de saludar sale sola la frase de siempre: perdón por el desorden.

Es tan común que casi nadie la piensa al decirla. Pero detrás de esa frase chiquita muchas veces hay algo más pesado: la sensación de que la casa dice algo malo de quien vive en ella.

Lo que cuenta la gente

De todos los temas que aparecen cuando la gente habla de su casa, este es uno de los que más conversación mueve. Lo que más se repite:

  • La sensación de que el desorden es la prueba de que algo anda mal en una, y no simplemente lo que pasa en una casa donde vive gente.
  • Saber limpiar y, aun así, no lograr que el orden dure. Y sentir que eso habla mal de una.
  • Haber escuchado durante años que quien no tiene la casa impecable es vaga o sucia. Esas palabras quedan.
  • Empezar a ordenar con ganas y perderlas a mitad de camino, con un pensamiento que desarma: total, nadie lo va a ver.
  • Y, sobre todo, un pedido: que alguien diga de una vez que esto no es vagancia.

De dónde viene

Una casa mirada como si fuera un examen

Durante mucho tiempo, y en muchas familias, la casa ordenada se presentó como una medida de cuánto valía quien la cuidaba, casi siempre una mujer. No hace falta un estudio para reconocerlo: está en los comentarios de las visitas, en las comparaciones con otras casas, en la limpieza enorme antes de las fiestas para que todo esté perfecto cuando llegue la familia. Con ese fondo, la vergüenza no aparece de la nada. Se aprende.

El desorden pesa, y eso está estudiado

Roster, Ferrari y Jurkat encontraron en 2016 que el desorden por exceso de cosas se asocia con un menor bienestar y con sentir menos la casa como un refugio. Es una asociación: no dice qué causa qué. Pero confirma algo que mucha gente siente sin poder explicarlo. La casa no es un fondo neutro: cómo está y cómo nos sentimos adentro suelen ir juntos.

Si la casa ya pesa, sumarle vergüenza es poner un segundo peso arriba del primero.

Por qué la vergüenza no ayuda

Parecería lógico que sentirse mal empuje a hacer algo. En la práctica, mucha gente cuenta lo contrario: cuanta más vergüenza da un cuarto, más cuesta entrar, y más fácil es cerrar la puerta y dejarlo para otro día.

Retarse no es un buen motor

Wohl, Pychyl y Bennett estudiaron en 2010 a estudiantes que habían postergado el estudio antes de un primer examen. Quienes se perdonaron por haberlo hecho postergaron menos antes del examen siguiente, y el efecto se vio sobre todo en quienes más habían postergado. Los autores lo explican así: perdonarse baja las emociones negativas que llevan a evitar la tarea.

Es un estudio con estudiantes y exámenes, no con casas. Pero la idea se puede llevar a casa: en ese estudio, lo que ayudó a volver no fue tratarse con más dureza, sino con menos.

Cuando el orden es para los demás

La vergüenza tiene además una trampa: hace que el orden sea para que lo vean otros. Si la casa se ordena para que nadie piense mal, el día que no viene nadie desaparece el motivo. Por eso tantas personas pierden las ganas a mitad de camino. No es falta de voluntad: es que el objetivo estaba afuera de la casa.

No dice nada malo de vos

Una casa desordenada dice que ahí vive gente. Que esa gente está cansada, o tiene poco tiempo, o pasó una semana difícil. No dice cuánto valés ni cuánto querés a los tuyos.

Y no hace falta una casa de revista para dejar de sentir vergüenza. Una casa vivible, en la que encontrás lo que necesitás y no te pesa entrar, ya es una meta razonable. Lo demás es decoración.

Un consejo chico para esta semana

La próxima vez que entre alguien a tu casa y sientas que te sale el perdón por el desorden, probá no decirlo. Decí solo «pasá» o «qué bueno que viniste». El desorden va a seguir igual; lo que cambia es que no lo presentás como una falta.

Las primeras veces puede salir raro. Es normal: es una frase que se dice hace años. Pero cada vez que no la decís, le sacás un poco de fuerza a la idea de que tu casa es un examen.

Tu casa es para vivirla. Lo que haya hoy encima de la mesa no cambia eso.

Fuentes

  1. Roster, C. A., Ferrari, J. R. y Jurkat, M. P. (2016). «The dark side of home: Assessing possession “clutter” on subjective well-being». Journal of Environmental Psychology, 46, 32-41. https://doi.org/10.1016/j.jenvp.2016.03.003
  2. Wohl, M. J. A., Pychyl, T. A. y Bennett, S. H. (2010). «I forgive myself, now I can study: How self-forgiveness for procrastinating can reduce future procrastination». Personality and Individual Differences, 48(7), 803-808. https://doi.org/10.1016/j.paid.2010.01.029

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Etiquetas:vergüenzaculpavolver

Equipo Metoteka

Escribimos sobre lo que cuesta sostener la casa, los hábitos y la cabeza, con fuentes serias y sin culpa.

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